Apenas tomé mis fuerzas para volver a construir sobre las ruinas, volver a mi quietud.
Estableciendome a finales de la nada, para verme de nuevo con mi propio sostén, con las columnas que apenas van moviendo mi mundo.
No tengo nada que perder, porque nunca lo tuve.
¿Añorar?¿Arrepentirme? o talvez el ejercicio de reprocharme mis errores o el punto de partida de mi propia existencia.
Quizá no vuelva nunca a mirarte, probablemente siga siendo la misma al irme pronto de acá, de la naúsea y las lágrimas y la ausencia y el reproche.
Dejar la porquería en que me metí y deje que me metieran por otros.
¿Amarlos?¿Odiarlos? o como siente mi pecho esta sensación; alzar el vuelo porque todo me es indiferente, hasta aquel que un día me prometió una vida a su lado.
Debo encontrar el eje de mis transformaciones; el que hizo latir mi corazón, pero que el mundo cruel te lo va despedazando todos los días y que terminan colgando para que te sientas mal y termines llorando y culpando.
Mañana y mañana y mañana y mañana y mañana serán el mismo día. No existe una celebración como tal, sino un embrutecimiento y un espejismo para huir de mi propia soledad.
El problema es que mi soledad es algo que empiezo a disfrutar y aceptar como parte vivencial, como una señora de los huesos.
Apenas me voy recuperando, agarrando de nuevo el lápiz y el papel para poder ser yo de nuevo.
Me dan ganas de que vuelva a regresar ese sentimiento a lo que le llamo Pasión, pasión de vivir, llorar, comer, cojer, caminar, correr, pintar, amar...
Un poco de trabajo compañero, no cree?
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)