En la habitación de la dominatriz, cada hombre podía escoger el tipo de látigo con el que le gustaría ser castigado; la cuerda con la que serían amarrados y el traje que llevarían puestos.Ella, voluptuosa, vestía un precioso traje de seda con flores blancas y un delicado corsé negro que le rodeaba su avisposa cadera. Sus manos se cubrían con precioso encaje en forma de guantes y su fino peinado que tendía mucho a la estética de las Geishas. El maquillaje, los ojos negros excesivamente pintados con rimel; el rubor rojo, al igual que sus labios acentuaban la palidez demacrada de la hermosa dominatriz.
Cuando cada uno de los hombres escogió el tipo de látigo, la cuerda y el traje que llevarían puestos, cada uno se acostó sobre aquella pantalla de luz translúcida, entre plena oscuridad que llenaba la habitación de sombras.
-Acuéstense todos porque la reina arribará en unos momentos la habitación.-una voz habló.
Entonces, las puertas se abrieron de par en par para mostrar un séquito de hombres desnudos, cargando a su preciosa dominatriz, y bajando con su calzado de aguja en aquella escalera humana. Su estela aromática exaltaba el aura sensual y perverso que ella mantenía.
Los esclavos la rodeaban y cada quien fue tomando su lugar respectivo para ser uno mas de los espectadores de su bella dominatriz. Cada uno fue víctima del suplicio que la dominatriz infligía a sus chicos. Revisaba las ataduras, los abrazaba, los golpeaba, pellizcaba y torturaba.
Como siempre, a cada golpe, era mayor la excitación entre sus víctimas. Ellos gemían excitados, mezclados con los gritos de dolor que originaba la dominatriz. Ella a su vez, tomaba los látigos, los tomaba, los tocaba, sentía y acariciaba. Los lamía en un tono poético y enfermizo, como si fuera el monstruoso falo que ella iba a tomar partido e iba a consentir.
Dash, dash, dash, cuerpo sobre cuerpo;
clash, clash, clash, aullido tras aullido.
Aquella pantalla translúcida se empezaba a llenar de manchas.
Clash, clash, clash,
plash, plash, plash,
Clash, clash, clash,
plash, plash, plash,
El hermoso rostro de la dominatriz se salpicaba mas y mas de aquellos golpes incesantes que le propinaba a cada uno de sus amantes.
Los esclavos se masturbaban entre sí como si fuera aquello una orgía expresamente para ellos. Poco a poco, el semblante de la dominatriz tomó un tono mas perverso, mas cruel. Su sonrisa descompuesta, sus ojos desorbitados y la mas cruel actitud finalizó en la mas espantosa de las carcajadas, una risa venida de las calderas del infierno, ahogando las exclamaciones abominables de aquella terrible habitación...
Espera el siguiente desenlace de la segunda parte.