que despiertan inherentes
a mi existencia.
A cada grito de su llanto,
me pide roer un poco de ceniza,
roer a cada paso,
buscar residuos
de tu nombre en mi ser.
Veré si de pronto, olvidarte quizá un momento,
o en los tiempos de nuestro sexo,
dejar de depender tanto de ti.
Marcas mórbidas de obsesión ardiente,
en tu ente, no puedo abandonar,
discriminar a mi ser
tu sórdida apariencia.
El árbol que llora es aquel
que miró atento a nuestras intenciones
de fugaz permanencia.
Tu sauce que llora
cuando lloraba en
la presencia imperenne
de tu candidez.
Pretensiones intelectuales,
con una máxima de
arrogancia, no reciproca.
las sombras que se pierden
en las sombras.
Sucedáneas, imperceptibles,
en tus nuevas intenciones
pretendes no descubrirte,
pero en tus enunciados
ya descubrí la verdad
que no miente...
No hay comentarios:
Publicar un comentario