El no pudo evitarlo, ni a ella tampoco...
Se acercó excitado a palparla, sentir el ardor de su pasión desbordante.
Hipnotizado por aquel juguete, se mezcló con la piel de su diosa, tratando de unirse por un momento a ella; mezclar su irrealidad, en el sudor fraguado de las caricias y los besos que en ella permanecía.
El se escondió en el orígen de todo lo que ella formaba, embriagándose en la mezcla perfumada, resultado de su actitud extasiada...
...hasta perder la vista. Y yo, veré las palabras que se clavarán, como alfileres sin cabeza, alrededor de las ondas de nuestra boca.
ResponderEliminarEsa lengua será un clavo ceñido a tu pecho, del cual cuelga mi cuerpo idólatra.
Je je. Qué tal, eh?!
Saludos,
Eduardo.